Un libro de tapas azules (5/5)
Por debajo de su sonrisa, entró su cuerpo. Un cuerpo al ataque, como un despliegue de caballería. Cada paso, cada inclinación leve de su cuerpo al darlo…
-¿Te ibas? -su voz…- te dije que vendría.
Debía de haberme agachado a recoger las palabras que se me cayeron de la boca. Porque no pude decir ni media. Pero algo en su mirada me dijo que quería jugar. Que fuera su ratón del juego y que, por lo menos, corriese.
-¿Lo has encontrado, verdad?
-Sabes que sí-pues juguemos, seré el ratón más escurridizo del mundo, si es que esa mirada de gata me lo pide- Y también sabes que aún debemos terminarlo.
-Lo sé –definía cada palabra, cada acento como si el aire estuviera hecho solo para llevar sus palabras. Decía “lo sé” y sonaba como si otra hubiera dicho “te deseo”.
-¿Por qué yo? No soy nadie. Nadie especial. No tengo nada que ofrecerte.
Mis palabras surgen de algún sitio escondido y cerrado, y a lo mejor la llave colgaba de esas caderas que anhelaba agarrar.
-A lo mejor no quiero nada. O a lo mejor por eso, eres el único que puede ofrecerme todo…
Y dos pasos eternos, y sus eternos labios en los míos, y si me toco ahora todavía puedo sentir los latidos de ese beso, como si hubiera puesto algo extraño entre los diminutos pliegues de mi boca. Y por primera vez entiendo que es besar un sueño, y comprendo, con mi lengua contra sus dientes, que es lo que sienten aquellos que creen en milagros absurdos, en absurdos dioses. Aquella boca tenía el sentido de la vida atrapado entre suspiros. Mis dedos rozaban sus mejillas. Levemente. Siempre desde entonces tuve miedo de que todo se rompiese si mis dedos la tocaban. Nuestros ojos. Ella quien lanzaba y yo quien recibía.
Estoy seguro que me faltan palabras para definir el encuentro de mis manos con su cuerpo. Palabras que no conozco o incluso palabras que aún no tienen quien las piense. Palabras que definan la curvatura de su cuerpo, el calor y el frío, el aire de su ropa al caer sobre el suelo, la sensación de querer colocarme en veinticinco sitios diferentes para poder apreciarla a la vez desde todos ellos. Frases que describan exactamente el sabor de sus pezones dentro de mis labios, duros entres mis labios y mi lengua. Ella estaba quieta como un sueño, como un cuadro. Se dejaba acariciar y únicamente sus manos en mi pelo hacia que la notase. Me dejó recorrerla, abrazarla, medirla. Me decía con su presencia entre mis brazos, aquello que recordaría toda la vida.
-Ven – me dijo. Y las órdenes de un gran capitán no hubieran sido obedecidas con tanto ahínco, con tanto honor, ni tanto miedo. A derretirme entre su cuerpo, a dejar de existir entre sus labios.
Me situó como yo la había imaginado y descrito a ella tantas veces. Sus mano e aferraron a mi pecho por debajo de la ropa. Juro que era agua. Agua leve, templada, agua que se dejaba resbalar hacia mi sexo, y la atrapaba y lo dejaba expuesto. Y se enroscaba en él. Besos en la espalda, pezones duros. Susurros.
-Nunca me persigas. Sólo espérame –Frío. Y calor como nunca–. Me odiarás. Pero solo porque no podrás dejar de amarme.
Quiero su cuerpo. Quiero que se abran sus piernas y mi sexo la solape, pero sus manos me atrapan desde mi espalda. Me domina, me juega, me sorprende.
De pronto no siento sus manos. Y me vuelvo, y sonríe. Y se desplaza hacia atrás hasta sentarse en el escritorio. Y abre sus piernas. Y sonríe. Y su mano se encuentra con su sexo, por debajo del elástico de sus bragas de negro encaje. Y sonríe. Y yo me acerco, me tiro, me desplazo, me arrodillo, y… antes que sepa con seguridad que sonríe de nuevo, mis labios se encuentran con sus dedos en la puerta de su centro. Y apartan la tela y me guían. Y la beso. Mi lengua se desplaza de sus pliegues abiertos a sus dedos. Mis manos templan sus piernas. Me lleno de agua, de sexo, de su coño abierto. El cielo azul debe saber a esto, las películas deberían terminar donde terminan mis dedos. Tensa su cuerpo y sus susurros tensa. Y tres leves golpes en la mesa. No podré sazonar nada que pueda parecerse a ese sabor de la muerte pequeña entre sus labios.
Me siento solo y lleno. Lleno de su sabor en mis labios como un hilo dental entre mis dientes. Y estoy solo en esa habitación de librería, ahora de libros olvidados, porque se han ido todas las historias, todos los ensayos, todas las novelas. Son hojas vacías. Son papel. Estoy solo porque cierra los ojos mientras su mano calma el calor entre sus piernas, con caricias frágiles y leves. Y supe que para entender a partir de ese momento muchas cosas, debería mirar el diccionario que era aquella mujer con nombre y curvas de amanecer.
Pero luego los abre. Futuro y cielo. Entendería Babel si pudiera entender lo que me dice con ellos. Tengo miedo. Era un sueño, y ahora está esperando la llegada de mi sexo. Sonia. Agua. Un libro de tapas azules es un sueño.
Entrar en ella. Entro mi sexo, es cierto. Pero entraron mis deseos, mis sueños, mis dudas, mis certezas. Y por fin supe que ya podría describir su rostro en un papel entre tapas azules. La miraba a los ojos y tocaba el fondo de su alma con mi sexo. Y ella me cubría, me arropaba, me seguía. Su sexo era agua y el mío agua era. Cada vez más. Escribí su rostro, sus pechos tensos de ingravidez y deseo. Sus pezones rosados, sus rozados muslos. Sus ojos en mí. En mil partes a la vez sus manos.
Fuera y dentro. Y una luz negra que tapa todo. Cierro los ojos y muero. Mis labios reposan en su hombro. Miedo. Miedo de tener que irme, de dejar de escribirla. No quiero que haya fin para este libro. No quiero que se cierren las tapas azules.
Quizás si antes de dormir digo su nombre…. Sonia.
Sonia.
¿Sonia?
-Sí, Sonia Marsó. Vine hace unos días buscando un libro. Ya le encontré nervioso y extraño, pero no le di demasiada importancia. Y al llegar ayer, le encontré así, tirado en el suelo.
El inspector Bermúdez apunta lentamente en su libreta los datos de aquella mujer. No le cuadra nada de los que le han contado esos ojos grandes y esa sonrisa cautivadora. Hacía tiempo que venían teniendo denuncias sobre la librería y su dueño. Ruidos ensordecedores de madrugada, golpes. Por lo visto el dueño, un escritor frustrado, había estado abusando de investigar sustancias que le ayudaran a superar su falta de imaginación, intentando escribir algo decente, diferente. A punto había estado de escribir un epitafio precioso. Sin embargo, en aquella historia, no parecían tener cabida aquellos ojos que le miraban de manera intensa, y que, no sabía porque, le hacían sentir dos cosas: unas ganas enormes de hablar con su mujer y verla, de comer con ella, y de besarla; y la otra, una sed enorme.
-Bien –prosiguió el inspector- y dice usted que se hará cargo de todo y hablará con los vecinos ¿es así?
-Sí –ojos, agua. Su mujer. Ya es casi mediodía. Y el bar de Toño habrá hecho paella, y es jueves, y si se da prisa y la llama a lo mejor cogen mesa.
-¿Y que relación le une a… -miró la libreta- Javier? ¿Son pareja?
-Digamos que… a los dos nos gustan los libros.
Un libro de tapas azules (4/5)
Pero fue imposible. Jamás nadie había visto ese libro. Ni yo, ni la Base de Datos del Ministerio de Cultura, ni siquiera ninguno de mis amigos libreros. Nadie sabia nada. Ninguna editorial. Nada. Cero. Un día entero buscando. Un día entero para pensar en que ella volvería. Y yo la habría fallado.
Y me senté en la mesa, desesperado por no haber encontrado un maldito libro. Como un delantero centro sin goles, o un carpintero sin martillo. Desesperado golpeando un viejo libro de tapas azules…
Un libro que no recordaba haber puesto ahí. De tapas duras, azules… como el agua. Le dí la vuelta. Una sola frase en la portada: “Un libro de tapas azules”. Me dio miedo. Me dio frío, como si entrara en ese azul, fuese agua, y estuviese helada. Ridículo. En medio de una librería, con un libro en las manos sin atreverme a abrirlo. Mirando absorto una simple frase. Pesaba tan poco como un beso y tanto como un recuerdo.
Fuera cual fuera mi deseo, tendría que abrirlo.
Lo hice con cuidado, como si fuera a desaparecer, como si abriera un sueño. Ninguna editorial, ningún autor, ningún año de impresión.
Tres páginas en blanco seguidas de un escalofrío.
Porque no hacia falta leer más allá de la primera linea para reconocer el texto. Cada punto, cada palabra, cada verbo.
Lo conocía perfectamente, porque lo había escrito yo.
Me abalance como un loco hacia los papeles de encima de mi mesa. Los compare una, dos veces, treinta. No había error. Me volví a dejar caer sobre la silla, entiendo que con cara de alelado total.
Y el libro no estaba acabado. Se interrumpía justo cuando lo había hecho yo, al entrar ella por última vez en la tienda. Ella. Sonia. Descrita, acariciada, poseída por mí en un libro nunca escrito y aparecido por arte de magia. Magia. En sus ojos, en su escote, en su andar resuelto, que seguiría hasta el infierno. Ella suspirando, ella con la cabeza agachada, ella con mi sexo entre sus curvas.
Mi mano comenzaba a escribir de nuevo:
“Agua. Agua en tus labios. Tus ojos de Sonia enfrente de los míos. Agua el aire que surge de tu piel de un leve roce. Agua de torrente tus dedos sobre la tela que cubre mi sexo. Agua tus manos en su búsqueda. Agua que se agacha y me rodea…”
Y así horas de frases, de páginas frenéticamente rellenadas.
Amanecí recostado sobre el escritorio, con decenas de hojas escritas y esparcidas sobre él. No me moleste en reunirlas. Sabía que todo estaba allí. Entre dos tapas duras de color azul.
Cerré la tienda y al llegar a casa me deje asesinar un poco sobre la cama. Al mediodía no me levante yo, sino un crío de veinte años que tiene una cita. Me duché, me tire media hora eligiendo una ropa que no pareciera que hubiera elegido, y repase mentalmente cientos de conversaciones posibles con ella, sabiendo perfectamente que ninguna podría encajar en aquella situación: Hola, que tal, he escrito un libro en el que hago el amor contigo una y otra vez, pero eso tu ya deberías saberlo, a pesar de que nunca nos habíamos visto antes…
Llegué a la tienda un poco antes de las cinco. Y un poco antes de las seis no había aparecido. Ni un poco antes de las siete. Limpie y ordene cada rincón de la tienda, y cada libro desordenado cayó vencido en su estante. Casi maltrate a dos o tres clientes que aparecieron por alli. A las ocho las paredes hubieran sido bajas para subirme por ellas. Llegando las nueve menos diez mi cuerpo se preparaba para levantarse y cerrar, y lo tenía que hacer sólo, porque mi cerebro y mi alma no estaban ya por allí.
Pero a las nueve menos un minuto se abrió la puerta.
Lo primero que entraron fueron sus sonrisas, y arrastraban a sus ojos y a sus labios, de un rojo que no parecía necesitar otra cosa para ser perfecto que el roce de mi boca…
(Continuara…)
Un libro de tapas azules (3/5)
Volvió. Cómo sólo vuelven los sueños, los veranos, los atardeceres… Y esta vez no me encontró describiendo a un asesino a punto de cometer un homicidio, sino al espejismo de su cuerpo entre mis manos. Así que mientras ella caminaba de la puerta hacia la mesa, y llenaba el aire de su presencia, yo recogía apresuradamente los papeles que describían mi caricias sobre esas piernas inacabables que se acercaban, y la odiaba. La odiaba porque no me miraba, sino que me lanzaba una cadena al cuello. Me miraba de frente, con sus sonrisas clavándose en mis labios, cerrándolos a cualquier respuesta. La odiaba porque sabía perfectamente que existiría siempre, que siempre sería deseo y sueño, y que nunca la tendría. La odie porque no fui capaz de levantarme para probar sus labios, tensar su cuerpo, ofrecer mis manos al agarre de sus caderas, y me quede allí sentado como un perfecto idiota.
- Hola. Busco un libro -Y yo buscaba el brillo de sus labios.
- Si. Hola, dígame… conoce… título… autor. ¿puedo ayudarla? -Y su sonrisa divertida de jugadora sobre sus cartas, sus peones o sus dados. Y mi mirada descontrolada, pasando de sus labios al recorte de su perfil contra la luz, sus zapatos de tacón, sus medias negras…. acababa de describir su cuerpo con esas medias, y había descrito como mis manos….
- Busco un libro. Este libro. -Y su mano me tiende una hoja de papel con un título, escrito a mano, quizás con la suya: “Un libro de tapas azules”.
- No recuerdo el título. -la digo. y mi trabajo me sirve para lograr recuperar cierta apostura ante su presencia- ¿No sabe nada más? El autor… la editorial…
- No me llame de usted, por favor -te llamaría como tu dijeras, pensé, mientras pudiera escribir ese nombre con mi dedo en tu espalda, una y otra vez… – Me llamo Sonia.
Sonia. Y la debí mirar desde mis ojos abiertos como quien se mete el agua de un rio helado, y la vi disfrutar del poder de la correa de su mirada alrededor de mi cuello.
Sonia. Y debí haberla besado aquella misma tarde. Quizás entonces no me hubiera dejado hacerlo. Debí haber besado aquellos labios en ese mismo instante, y mis brazos debían de haberse acercado a presionar su pecho. Debía de haberla arrinconado sobre la estantería donde colocaba las ediciones de bolsillo, y haberla hecho mía contras las novelas ejemplares. Pero no hice nada. Sólo mirarla… y repetir su nombre.
- ¿Sonia?
- Si. No conozco el autor, ni la editorial. -me contesta. Y sus palabras bailan en el aire, como las notas de música en los viejos dibujos animados- Pero se que habla de dos personas que se encuentran y de un viejo libro que tiene unas características muy especiales, habla de… pasión y deseo… – Y yo desee que pusiera mi nombre delante de esas dos palabras.
- Entonces… ¿Me podría ayudar? -Ayudarla a que su cuerpo desnudo se fundiera con el mio y ambos con el aire.
- Si, claro que si. ¿Me das un par de días? -Y soñé que me bastaría un par de horas, y las sábanas serían blancas y su pelo negro se enredaría en mis dedos, y sus dientes en mi boca…
- Si, claro. Volveré pasado mañana.
Y volvió a salir por la puerta, y a irse como los sueños, como los veranos, como los atardeceres…
sigue aquí
Un libro de tapas azules (2/5)
Tardó algunos días en volver. Y aquellas frases escritas sin darme cuenta en un papel, se transformaron en una multitud. No es que ya no me diera cuenta de lo que escribía, pero a veces tenía la extraña sensación de ser un simple espectador de mi mano trazando rápidamente palabras sobre el papel. Nunca había escrito tanto ni tan rápido. Historias sobre una desconocida. Historias en las que mis caricias la conquistaban, la seducían, la extasiaban:
“La dije que permaneciera de pie, frente a los libros, sin moverse. La pedí que se levantara el vestido lentamente. Y lo hizo, desde luego desesperada y maravillosamente lento. Podía definirlo a la vez como una eternidad o como un instante. Sus piernas, sus medias negras, sus curvas de horizonte…”
Y me di cuenta de dos cosas. La había empezado a llamar Sonia, y ni siquiera había cruzado dos palabras con ella, salvo un educado buenas tardes. Y nunca retrataba su rostro. Siempre la poseía de cara a los libros. La verdad es que no era consciente de haber pensado de antemano ninguna de las dos cosas, antes de escribirlas. En cuanto al nombre, la verdad es que me encantaba. Siempre había jugado a probar los nombres de mujer junto con una frase, y comprobaba así si de verdad me gustaban, y este era perfecto: te quiero, Sonia. En cuanto a lo del rostro…. No podía pensar en otra cosa que en probar sus labios, y sin embargo, seguía escribiendo…
“Mis manos nadan en tu pelo de agua mientras mi sexo aguarda firme frente a tu espalda, y te muestra extensiones olvidadas. Sonia. Repito tu nombre al tiempo que tu cuerpo se mueve sin dirección fija para sentir aquello que deseas en tu interior. Cuando eres consciente de que no puedes más, deslizas tu mano entre tus piernas y guías al viajero hacia tus puertas. Te penetro, te poseo, te lleno de tal manera, que tengo que cerrar los ojos y repetir tu nombre para no ahogarme en tantas sensaciones…”
Así que cada ruido en la puerta de la tienda era seguido de una mirada de deseo, y desesperación. Cada frase escrita, cada encuentro descrito, cada palabra en aquellos papeles me llevaba más y más cerca de querer, de necesitar, que volviera a entrar por aquella puerta.
Y volver a buscar sonrisas en la dirección de su mirada
Un libro de tapas azules (1/5)
Yo tenía una pequeña tienda con cientos de libros llenos de palabras, y ella una mirada que no podía ser definida por ninguna de ellas.
Entró por primera vez una tarde de diciembre, al tiempo que sonaban en mi desvencijada radio inmensos gritos de alegría y explosiones de risa. Era un 22 de diciembre y los afortunados con el Gordo de la Lotería exhibían su contento y futuro a quien quisiera oirlos.
La puerta se abrió, y mis ojos, en un gesto tan inconsciente como repetido, se dirigieron a la entrada. En ese mismo instante, andaba yo enfrascado en escribir algo medianamente decente, y me colgué de manera indecente de su mirada. “Mirada de mil sonrisas”, escribí de repente, haciendo salir la frase de la boca de un asesino malcarado a punto de cumplir su cometido, con lo que una bola de papel arrugado volvió a marcar un tiro de dos puntos.
Y debajo de las sonrisas, un cuerpo de regalo envuelto en un vestido blanco y negro que hacia parecer todo lo que pudiera mirarse precisamente en esos dos colores, menos su rostro, sus labios, sus rincones.
Aquella primera tarde comenzó a pasear sus sonrisas hechas miradas por los libros de las estanterías, tras un tibio y típico buenas tardes. Cogiendo algunos, abriendo menos, y sin hablar o mirarme. Asesinado mi asesino por su mirada, no lograba ni media frase coherente, asi que mis ojos la seguían. No lograba evitar admirar su cuerpo, la manera de que sus piernas la movían, la curva de su pecho al contraluz. Sus labios entreabiertos murmurando al leer el título del libro entre sus manos. La verdad es que comencé a envidiarlos. Su mirada les recorría, sus dedos acariciaban sus cubiertas, su mente recogía sus palabras.
Cuando después de una de las miradas furtivas, pero constantes, que la seguian por la tienda volví a dirigir mis ojos al papel….
“mis manos recorrían su cuerpo, levantando tela, caminando en las curvas de su pecho, besando su cuello, haciendo que notara toda la ansiedad y el placer que se agolpaban en mi sexo, mientras sus manos se apoyaban en la estantería, una mano en las obras completas de Neruda y la otra en un tratado de filología inglesa. Ella agachaba la cabeza, mientras su cuerpo de curvas infinitas parecía surgir de mis manos según iba descubriendo su piel…”
No recordaba haber escrito eso.
Sonó la puerta. Levante de nuevo la cabeza. Ya no estaba.
Un gallego, una escalera y Stultifer

Dicen las malas lenguas que si te cruzas con un gallego en una escalera, nunca sabes si sube o si baja. Dicen, por otro lado, mis propias malas lenguas, que si mi vida es una escalera, no se si a veces subo o a veces bajo. Porque en ocasiones, de lo rápido que parece que subo, pienso que en realidad estoy bajando, y en ocasiones, cuando se que estoy bajando, me encuentro tan raramente a gusto que es como si estuviera subiendo. Y todo eso sin tener, que yo sepa, nada de sangre gallega en las venas. Aunque nunca se puedan asegurar esas cosas. A lo mejor habría que cambiar la frase de las malas lenguas dichosas y decir que “Si la vida es una escalera, nunca sabes si subes o bajas, así que, disfruta de la escalera”. Y por eso me ha encantado encontrar estas “Escaleras – anuncio” en Crooked Brains, para disfrutar de la vista mientras decido que narices hacer.
Y otra opción es consultar a un experto en escaleras como el amigo Stultifer, que tiene un blog repletito de escaleras y de vida. Quizás si le cambio estas fotos tan chulas por un consejo, pueda dejar de ser gallego honorario….
Junio 1968. ¿Un mundo maravilloso?
Mayo del 68, la Primavera de Praga, estudiantes en Méjico y en la Autónoma corriendo menos que las balas… El mundo parecía cantar una canción de esperanza. Y sin embargo, en Vietnam se producía la Matanza de May-lai, caían a tiros Luther King y Robert Kennedy y ETA iniciaba su carrera sangrienta. Los tanques acaban con Praga y Nixon ganan las elecci0nes. El mundo dista mucho de ser maravilloso. Y sin embargo, la esperanza no se pierde. A finales del 67 había nacido una canción que hablaba de cosas sencillas, de pequeñas cosas. A mediados del 68, esa canción llegó al número uno en el Reino Unido, y con los años se hizo mundialmente famosa. Aquella canción era “What a Wonderful World“, de Louis Armstrong.
Y Satchmo (”Boca de Bolsa”, llamado asi por como embocaba la trompeta) sabia muy bien de lo que hablaba. Se había criado en Nueva Orleans, y la música le había sacado de las calles para convertirle en lo que era en aquel momento, un símbolo de la superación y la generosidad, a pesar de las críticas de parte de la comunidad negra de Estados Unidos. Consiguió convertirse en uno de las más importantes figuras del Jazz, y durante muchas decenas de años fue el principal referente e impulsor como figura más conocida de ese estilo musical. En 1968, ya hacia 8 años que había sufrido un ataque al corazón, y tan sólo le quedaban 3 para que un segundo acabara con su vida. Y sin embargo, o quizás por ello, cantó una canción para decirnos que el mundo puede ser maravilloso, a pesar de que muchas veces parezca completamente lo contrario.
Con todos ustedes, la música en Spotify de Louis “Satchmo” Armstrong, un tipo genial, sin duda.
- What A Wonderful World
Hello, Dolly
Jeepers Creepers
When the Saints go Marching on
Stardust
We Have All The Time in The World
Summertime
La Vie en Rose
You Can depend on me
Down In Honky Tonk Town
My Sweet Hunk O’Trash
Cheek to cheek
Dream a little dream of me
Aqui tienes más listas Spotify. Nos vemos en julio del 68.
Abracadabas
Todos nosotros hemos soñado alguna vez con tener el poder de cambiar las cosas. De que tan sólo con un gesto pudiéramos echar el tiempo atrás y cambiar algo del pasado para que el futuro fuera distinto y mejor. O en tener una máquina del tiempo que nos llevara a ese instante en que la cagamos de lo lindo y del que luego tuvimos la solución perfecta para no haberlo hecho. Y eso, por no hablar de viajar hacia momentos históricos y cargarnos al “malo” de turno para cambiar el curso de la historia que conocemos y conseguir un mundo mejor.
Sin embargo, puede que no fuera oro todo lo que reluciera, que es más o menos lo que nos viene a contar este vídeo que recogí en el blog “Maniobras de un torpón “. Quizás sea mejor preocuparse por hacer bien las cosas en el día a día que intentar cambiar lo que ya no tiene remedio.
Detrás. No mires.
Detrás. No mires. Siente.
Mi aliento. En tu nuca. Inicio con la yema de mis dedos tu cabello. Principios. Un ligero calor se desplaza entre mi pecho y tu espalda. Respiras. Un beso en la piel de tus hombros. Después caminan mis manos.
Cuencas donde recoger tu pecho. Durezas. Tres. Tus pezones. Mi deseo.
Detrás. No mires. Siente.
Tu piel toca mis dedos. Tu piel toca mi sexo. Te alzas. Bajas. Subes. Te escondes sin irte. Tu cabello besa mis labios. Roce inquieto. Paras cuando un dedo… toca tu sexo. Agua. Abrir. Ventanas, Aire.
Detrás. No mires. Siente.
Encontrar centros. Desplegar tus armas. Dos. Explorar tu sexo. Una pared con tus manos en ella. Tacones sobre el suelo. No pasaras. Pasare yo dentro de ti. Me aparto. Quédate así. Belleza. Agua en tus piernas abiertas. Dureza en mi miembro. Esperas.
Detrás. No mires. Siente.
Rápido. Fluimos. Somos. Dentro. Fuera. Agua. Me gusta. Sudor. Las manos en tus hombros. Tus manos apoyadas. Suspiros. Más. Gemidos. Más. Dentro. Fuera. Agua. Hay imposibles. Hay sueños. Pero todo está fuera mientras yo estoy dentro. Agua y aire. Humedad y viento. Dentro. Fuera. Más.
Detrás. No mires. Siente.
Derrota dulce. Caliente y pequeña muerte. Interiores de agua. Besos livianos. Un te quiero cabe en un susurro.
Detrás. Mírame. Siente
Si la vida te parece corta, mírala más de cerca
Es lunes. Aunque parezca domingo por la noche, en realidad es lunes. Asi lo hemos acordado, lo llevamos acordando desde hace siglos. Los días empiezan casi sin darnos cuenta, en el pasar de un segundo a otro, por la noche, casi de puntillas, como si quisiéramos esconder ese paso. Sin embargo, nos empeñamos que nuestro día formalmente empiece tras dormir, como si necesitáramos de un descanso antes de encarar lo que se nos viene encima. No queremos creer que el día empieza por sorpresa, sin avisar, mientras vemos la tele o leemos, aunque asi sea. Somos el animal que más se engaña.
Y un día tras otro, la vida pasa. Mes a mes y año a año. Y en ocasiones volvemos la vista atrás y nos sorprendemos de lo lejos que están ciertas cosas. El primer beso, la primera comunión, el primer amigo, el primer despido, el primer desengaño, el primer sueño que recordamos. Y enseguida volvemos la vista y pensamos que aun existen muchas primeras veces por delante. Pero se nos queda un regusto amargo en la mirada y detrás de los ojos, como en los Actimel de sabor naranja, que rascan un poco la garganta. Y nos entra un poco un miedo de niño, de los que enseguida se esconden, y luego los psicólogos se empeñan en sacar por una pasta. Y pensamos, sabemos, que la vida es corta.
Y se me ocurre pensar que cuando vemos algo pequeño, acercamos la mirada para verlo mejor. Y su tamaño aumenta como por arte de magia. Y creo que debemos hacer algo así con la vida. Acercarnos a ella. Pensar en días en lugar de meses, en minutos en lugar de horas. Verla tan de cerca como para aprovechar cualquier momento de todos aquellos entre los que se divide. En el siguiente minuto puedes ver una sonrisa y devolverla, en la hora que pase a partir de este momento puedes escuchar un disco maravilloso o leer palabras inventadas por un loco enamorado de la vida hace 3 siglos, quizá más. Sentirnos vivos.
Es cierto, la vida nos dará tantas ostias a veces que vistas así las cosas, de cerca, parecerá un castigo excesivo. Pero merece la pena hacerlo. Porque si alguien se va, habrás estado más cerca y le recordaras mejor. Porque si pierdes sus labios, los habrás besado atento a cada roce de sus manos sobre ti. Porque si has caido, podrás recordar a cada segundo que tardes en levantarte la razón de caerte y la razón de volver a ponerte en pie.
No es cuestión de pensar que la vida es un camino de rosas. Es cuestión de acercarse a ella para sacar todo lo que podamos antes de que ella se adelante y nos cueste mirar atrás. Es cuestión de hacer primer beso del último que demos, de buscar el brillo en la miradas, el viento en el rostro, el aire dentro. De acercarse a la vida y hacerla grande.





















