Fotografía: Oleg Oprisco

A veces, simplemente, lo hacia. Sin saber muy bien porqué, sin pensar demasiado en ello. A veces, al salir de trabajar, se quedaba esperando un par de trenes, quizás más. Era la misma estación de metro de todos los días, la misma hora de salida. Nada parecía cambiar. Pero había días en los cuales algo le impulsaba a sentarse y esperar en aquel andén.

No era ni guapo ni feo. Algo desgarbado, aunque quizás fuera la postura que cogió para dibujar. Al principio, al entrar en el vagón, no había reparado en él. Sentado como a tres o cuatro metros, le pilló observándola como de poco en poco, al tiempo que parecía escribir o dibujar algo en un cuaderno grande. A la primera ocasión que se dio cuenta de que ella le miraba, sonrió.  Una sonrisa de esas de catálogo de domingos por la mañana, de tardes de abril recién terminadas de llover, de las de ver a un amigo que no ves hace mucho tiempo. Nada estridente o grandioso. Simplemente una sonrisa. Bella, sencilla, amplia, sincera. Puede que con el tiempo hubiera ido añadiendo adjetivos a aquella sonrisa, de la misma manera que aquel día él la miraba y añadía trazos a aquel cuaderno.

Quizás por eso a veces se quedaba esperando trenes. Para pensar en aquella sonrisa. Todo la iba más o menos bien, tenía trabajo, salud, amor, familia… pero bajar y esperar en aquel andén era como abrir un cuaderno y dibujar un rato sin más. Escapar un poco de sí misma, aunque no tuviera de que escapar. Sentirse al borde del mar pensando en un barco a lo lejos. Sonrisas como velas en un horizonte de mar mediterráneo.

Tuvo que bajarse en la misma estación de todos los días. Como siempre, llevaba prisa. Tuvo que dejar aquella sonrisa, aquel desgarbado ilustrador, aquel dibujo. Ese mismo que al partir el tren él pegó al cristal del vagón, mostrándola sus propios ojos a lápiz. Trazos que cree recordar. Su mirada. Su sonrisa. Un cristal de un vagón de metro. Ahora, cuando espera, no es como siempre. Simplemente, es.

Pasan un par de vagones y nadie desgarbado dibuja miradas y sonríe. Se levanta y se va. Vuelve del mar y se siente bien, como pisando charcos con 7 años, porque ha llovido y están ahí. Puede que el próximo día. Puede que en el siguiente.

 

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¿Otra copita?

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